Espejito, espejito…

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Todos conocemos la historia de Blancanieves.  La niña huérfana a quien su malvada madrastra mandó a matar porque le quitó el puesto como la mujer más bella de su reino.  Dice la historia que todo empezó porque la Reina tenía un espejo mágico al que ella consultaba como su Gurú personal, algo así como el Rasputín personal de la Zarina Alejandra de Rusia.  La reina siempre le preguntaba: “Esepejito, espejito, ¿cuál es la más bella de todas?”  A lo que su espejo siempre le contestaba: “¡Tu mi Reina, eres la más bella de todas!”  Esta respuesta siempre complació a la dama, hasta que un día su espejo le contestó que era su hijastra, la que le quitaba el invicto título, que por tanto tiempo había ostentado.  Todos saben como termina la historia, la que me ha dado pie para escribir este post.

Desafortunadamente, a nadie le gusta que nos digan la verdad.  Es un golpe tan fuerte y doloroso, que muchas veces tratamos de ignorar.  Nos inventamos una realidad paralela para evitar lo que nos disgusta, lo que nos molesta e incomoda.  No es necesario tener un espejo mágico para darnos cuenta de quienes somos, en el fondo sabemos cómo somos y todo lo que hemos hecho.

Si tuvieramos ese espejo, ¿Cuáles creen que serían las preguntas que le haríamos?  Podrían ser: “Espejito, espejito: ¿Cuál es la única vírgen de mi barrio?”  o si no: “¿Cuál es el más honrado de mi gobierno?”, puede ser: “¿Mi mujer cree que le sigo siendo fiel?” o también: “¿Soy mejor persona que mi vecino?”.  Las preguntas serían tantas, que podrían hacer que el dichoso espejo de desconfigure, con tanta respuesta o que alguien lo haga pedazos, pues no le guste lo que les ha dicho.

¿Por qué será que tenemos problemas para asimilar la verdad?  Todos tenemos secretos, cosas que nos avergüenzan ante los demás y por eso las ocultamos, nos deshacemos de ellas porque no queremos que se den cuenta de nuestra realidad y pensamos en lo mal que nos sentiríamos si las personas conocieran nuestras verdades, talvez no nos aceptarían, nos rechazarían y nuestra vida social se vendría a pique.  Por eso, disfrazamos la verdad ante la gente y damos por un hecho que lo que contamos, en verdad es la correcto.

Me incluyo en estas situaciones, para que no piensen que estoy por encima de esas actitudes humanas, después de todo como cualquier otro mortal, cometo errores, pero si algo me ha enseñado la vida, es que aunque la verdad sea muy desagradable, no hay nada mejor que aceptarla y enfrentarla; al fin y al cabo, como decía mi abuela “Entre cielo y tierra, no hay nada oculto”.

La verdad es como un tratamiento con quimioterapia.  Es doloroso, complicado, tiene efectos secundarios pero a la larga, produce el bienestar que el organismo necesita para sanar, en la mayoría de los casos, claro está.  Nos molestan tantas realidades como nuestra edad, nuestro orígen, nuestra condición social y muchas otros reflejos que el espejo nos lanza a la cara.  Por eso, muchas veces nos disgusta lo que vemos en ese espejo, porque en frente de éste, solo estamos nosotros y lo que vemos es lo que en verdad somos.

Como dice una serie de televisión de la que vi solamente unos prólogos: “La verdad molesta, duele, transforma, separa, revela, incomoda, lastima pero al final… Libera”  Por más que tratemos de huir de ella, siempre nos encuentra.  Por más mecanismos de defensa que utilicemos no van a mejorar nuestra situación, a la larga nos complicará más la existencia.

Si, hay un espejo en el que pocos les gusta verse reflejados.  Se llama realidad.  Muchos al igual que la Madrastra de Blancanieves no soportan la respuesta que en él encuentran.  Otros en cambio, no tienen ningún problema en pararse frente a éste y escuchar lo que tiene que decirles.  Esas son las personas que son como Blancanieves, transparentes, honestos, sinceros y andan por las calles tranquilos, porque son tal y como se ven, auténticos.  Esa es la gente que ha aprendido a aceptarse y aceptar a los demás sin reservas.  Personas que son seguros de sí mismos y que no necesitan preguntar a escondidas: “Espejito, espejito: ¿Quién sabe realmente cómo soy?

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